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SEÑALES DE ALERTA

Las señales de alerta son los signos, los síntomas o el conjunto de manifestaciones que, si aparecen en una determinada edad, pueden ser indicadores de un posible trastorno mental.

Sin embargo, únicamente son señales que nos avisan de que algo no va bien. Antes de determinar cada caso, se deben tener en cuenta algunas variables: entorno sociocultural, edad, estado evolutivo, sexo, intensidad y duración de los síntomas...

Por todo ello, los profesionales que más le pueden ayudar son los pediatras o los médicos de cabecera, quienes les derivarán o no a los servicios de salud mental correspondiente basándose en su valoración.

En todo caso, debe saber que si le envían a los servicios de salud mental no significa que de repente le prescriban fármacos. Primero, se debe hacer el diagnóstico adecuado y después se tiene que valorar la idoneidad o no de un tratamiento o de otro.

Si le prescriben fármacos, es muy importante que el paciente siga el tratamiento marcado. Hay padres que, sin tener los conocimientos necesarios, varían o retiran el tratamiento. Conviene que sepa que las consecuencias de no tratar adecuadamente al paciente suelen ser más perniciosas que los posibles efectos secundarios de los diferentes fármacos.

POSIBLES SEÑALES DE ALERTA

• Berrinches y rabietas frecuentes.
• Pesadillas persistentes.
• Dificultades para dormir o cambios repentinos en los hábitos de sueño que se alargan en el tiempo.
• Miedos y preocupaciones excesivos.
• Cambios bruscos en el rendimiento escolar.
• Bajas calificaciones, pese a hacer grandes esfuerzos.
• Preocupación excesiva o ansiedad (por ejemplo, negarse a ir a la cama o a la escuela).
• Clara hiperactividad en comparación con la mayoría de sus compañeros.
• Dificultades persistentes y mantenidas durante mucho tiempo al separarse de los padres.
• Desobediencia excesiva y agresiones extremas.
• Disminución repentina del rendimiento escolar.
• Tristeza, irritabilidad prolongada.
• Incapacidad para hacer frente a los problemas y a las actividades diarias.
• Pérdida de interés por los amigos o por las actividades preferidas.
• Cambios repentinos en el sueño y/o en los hábitos alimentarios.
• Quejas frecuentes sobre problemas físicos o de salud.
• Desafío a la autoridad, absentismo escolar, robos y/o vandalismo.
• Cambios bruscos de peso.
• Preocupación exagerada sobre el aumento de peso.
• Pérdida de apetito.
• Dificultades extremas para interactuar con los amigos y familiares.
• Autolesiones.
• Estado de ánimo negativo prolongado, a menudo acompañado de falta de apetito o de pensamientos sobre la muerte.
• Ataques frecuentes de ira.
• Pensamientos confusos.
• Sentimientos extremos, altos o bajos.
• Aislamiento social.
• Rabia desmesurada.
• Dificultades importantes para hacer frente a los problemas y a las actividades diarias.
• Negación de los problemas obvios.
• Numerosas enfermedades físicas inexplicables.
• Adicción a las nuevas tecnologías.
• Abuso de sustancias.
• Manías extrañas, comportamientos extravagantes.
• Interés exagerado y absorbente por cuestiones abstractas, filosóficas, religiosas...
• Ideas delirantes o alucinaciones (ver cosas / escuchar sonidos inexistentes).
• Pensamientos suicidas.

IMPORTANTE

Si su hijo ha comentado que tiene ideas suicidas o que intenta hacerse daño a sí mismo o a otras personas, no lo deje solo. Llévelo al servicio de salud más cercano o a urgencias sanitarias. También puede llamar al 061. Asimismo, retire de su alcance cualquier arma o instrumento con el que pueda hacerse daño (se incluyen los medicamentos).